Las Tabernas centenarias de Madrid (4): Joaquín Brotóns

Las Tabernas centenarias de Madrid (4): Joaquín Brotóns

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En mis anteriores reportajes sobre las tabernas centenarias de Madrid, ya he descrito 16 de ellas. Hoy escribo el artículo con las siguientes: “Casa del Abuelo” y “La Dolores”, finalizando el tema próximamente con la mítica “Taberna de Antonio Sánchez” y las “Bodegas de la Ardosa”.

“La Casa del Abuelo”(Victoria, 12), taberna histórica fundada en 1906  con el nombre de “La Alicantina”, que empezó siendo conocida por sus rosquillas y vino dulce, pero en los  años 20 y 30 comenzó a ofrecer bocadillos a sus parroquianos y fue la primera taberna que vendía: chorizo, anchoas y sobreasada, llegando a vender 1500 bocadillos en un día. Pero estalló la guerra española y con ella vino la escasez de pan y el hambre, lo que hizo, que poco tiempo después, ya en los 40, en plena posguerra, deciden introducir las gambas a la plancha, que por 1.60 pesetas te  las servían acompañadas de una copa de vino. Algunos años más tarde, decidieron hacerlas al ajillo, lo que resultó ser un éxito, llegando a vender 306 kilos de gambas en un solo día, algo bastante difícil de conseguir en aquellos tiempos  de miseria, en que media España pasaba hambre, ya que escaseaban los alimentos y los pocos que se podían adquirir eran procedentes  del estraperlo y mucho más caros de lo normal, lo que hacia, que solamente los pudieran  comprar las familias más adineradas.

En 1990 se retira el rótulo de “La Alicantina”, que, además de vino dulce del abuelo, también expendía vino blanco y moscatel, que elaboraba en su bodega Patricio Ruiz, abuelo de los actuales dueños, que son la cuarta generación que la regenta. Actualmente tienes dos establecimientos nuevos, en la calle Núñez de Arce, 5, que lo abrieron en 1974, y en la calle Goya, 57, que crearon en 1996.

Todos los locales son también restaurantes, pero yo solamente he visitado la casa fundacional antes citada, donde su especialidad son las gambas al ajillo, las gambas rebozadas y gambas plancha. Tiene buen vermut de grifo, tiran bien la cerveza y entre su carta de vinos, que es amplia, destaca “El Abuelo”. Los camareros suelen ser atentos y profesionales de toda la vida. Entre sus clientes, se pueden citar  gente tan variopinta, como: Primo de Rivera,  Los changuitos y mi paisano Tomás de Antequera, hoy injustamente olvidado, pero que cantaba la copla divinamente y lucía un vestuario muy personal, que se diseñaba y hacía él mismo, lo que hizo que fuera muy popular en los años 50 y se consagró con temas como: El Romance de la reina Mercedes, Zambra de mi soledad y Doce cascabeles; canción, ésta última, que lo convirtió en uno de los grande de la copla, ya que la citada Doce cascabeles, en 1953, fue la que recaudó más dinero en concepto de derechos de autor, motivo, entre otros, que ocasionaron que se convirtiera en una estrella de la tonadilla, hasta conseguir triunfar en América y llenar los teatros españoles, pero que dada su homosexualidad, que no ocultaba, fue varias veces perseguido y censurado por el Régimen del dictador, ya que fue acusado por ciertos sectores de la Falange: “por ser republicano y homosexual”.

Por el  mismo motivo que a T. de Antequera, le prohibieron actuar en los teatros de España a su colega  el gran Miguel de Molina, que tuvo que exiliarse, en 1940, tras una paliza que le dieron un grupo de fascistas, capitaneados por un conde, que era hombre de confianza de Franco, en cuyo gobierno ocupó importantes cargos y en la posguerra fue Alcalde de Madrid, personaje de cuyo nombre no quiero acordarme y que le gritaba, mientras lo apaleaban brutalmente: “Esto por rojo y maricón”, ya que el intérprete de “La bien pagá” y “Ojos verdes”, tenía tres cosas que el franquismo no toleraba: Era republicano, homosexual y amigo de García Lorca. Además, triunfaba en los escenarios, llenaba teatros y tenía una personalidad única como intérprete masculino de la copla, junto a una voz  irrepetible, que hasta sus rivales admiraban, entre ellos: “La Piquer”, que era poco dada a alabar a nadie, ya que, hay que reconocer, que era única en su género.

La citada Casa del abuelo, en la calle Victoria, 12, bien merece una visita para probar sus excelentes gambas al ajillo, que son las que le dieron la fama, pero me parece que viven un poco del prestigio de antaño y los precios no son baratos, pero está siempre lleno de “guiris” que alucinan con estos establecimientos centenarios, que tienen solera y personalidad, aunque hace años, lo restauraron y le quitaron parte de su carácter de tasca añosa, así que yo prefería la antigua “La Alicantina”, que conocí y visité en los primeros años 70, cuando hacía el servicio militar en Madrid y era cliente bastante asiduo, junto a mi amigo Carlos, un soldado voluntario de mi misma Compañía, que era alto y rubio, como el de la famosa copla “Tatuaje”, que bordaba doña Concha Piquer.

“La Dolores” (Plaza de Jesús de Medinaceli, 4), fundada en 1908 como casa de comidas por una señora que se llamaba Dolores. El actual dueño es Antonio Martín, que la renovó en 1982, conservando la fachada original de azulejos de cerámica,  única en su género, donde anuncian: “Vinos de Valdepeñas”, “Comidas de encargo”, “Gaseosas y sidras”, “Cervezas frescas y tapas”, entre otros. Tiene una preciosa barra de madera y  mármol, que, junto a espejos y carteles antiguos forman la decoración, que es bonita, pero no es la original, ya que, anteriormente, estaba decorada con pequeñas y originales baldosas de mosaico con motivos báquicos, pero su antiguo dueño cometió el craso error de quitarlos, metedura de pata de la que tiempo después se lamentaba, pero es que, en los años 60, estuvo a punto de cerrar por falta de parroquianos, ya que la gente joven prefería los bares y las cafeterías modernas a estos establecimientos centenarios, en los que la mayoría de sus habituales eran vecinos del barrio, que pasaban a charlar con los amigos y degustaban un clarete de Valdepeñas.

Actualmente, dicha tasca centenaria y de amplia tradición, es muy visitada por clientes españoles y extranjeros, que van a degustar su excelente y fría cerveza Mahou de barril con el antiguo sistema de serpentines que le otorga un sabor único, junto a una tapa gratis de las más clásicas de Madrid: aceituna con anchoa. Su vermut de grifo es de la marca Izaguirre, que está muy bueno, y posee una amplia carta de vinos de distintas denominaciones de origen, que sirven por botellas y copas. También tienen un gran surtido de conservas, encurtidos y  canapés, entre los que están deliciosos, el de cabrales con anchoa y el de cabrales con tomate, pero tampoco  se quedan atrás, los de salmón, gulas, anchoas, boquerones en vinagre, bonito en aceite, en escabeche o el de queso azul con anchoas, que esta para subir al cielo. Los camareros son profesionales, pero no espere amabilidad ni intimar con ellos, ya que suelen estar agobiados por el mucho público que visita este local  largo y estrecho, que al fondo tiene unas pocas mesas, que están siempre ocupadas, salvo que vaya a primera hora, cuando abren a las 11 de la mañana, ya que a la 1 de la madrugada, cuando cierran, está también a rebosar de sedientos…No cierra ningún día de la semana, y los precios son un poco caros, como es habitual en casi todas las tabernas emblemáticas de la Villa y Corte. Hasta el próximo artículo, amigos tabernícolas.

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